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Entendí que no sería un camino fácil cuando mi padre se negó a pagar mis estudios de fotografía, “No es una carrera seria”.

Todo empezó en el laboratorio de un periódico local donde trabajé durante las vacaciones de verano del Instituto. Aquel cuarto oscuro tenía magia. Impregnando de luz un papel blanco, salían imágenes. Así empezó mi romance con la fotografía, Amor Profundo que sigo sintiendo hoy en día.

Así muy enamorada y con los pocos ahorros marché a Barcelona en busca de nuevas magias llamadas técnicas. Me parecieron útiles pero vacías. El secreto consistía en utilizar muchos artilugios.

Tal vez la casualidad, la necesidad o el deseo me llevaron tras la luz natural. Cada día, cada hora, cada instante todo cambia y la magia está en elegir ese instante, cuidarlo y mimarlo hasta conseguir esa imagen que respira sinceridad.

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